Jacques Phillippes Truan Laffont

Lo ocurrido en la Universidad Austral de Chile no fue una simple protesta estudiantil, ni una “expresión de malestar” que pueda maquillarse con frases bonitas. Fue una señal grave de degradación. 

El ataque a la ministra de Ciencia el 8 de abril de 2026, tras una actividad oficial en la UACh, no apareció de la nada; fue más bien la muestra visible de algo que viene incubándose hace años: un ambiente donde una parte de la hegemonía interna ya no busca convencer, sino imponer; ya no busca debatir, sino humillar; ya no busca elevar el nivel de la vida universitaria, sino arrastrarla hacia la funa, el cerco, la intimidación y la grosería. Ocurrió después de manifestaciones previas, una reunión con dirigentes y una salida marcada por insultos, lanzamiento de agua y agresiones que hoy son investigadas penalmente. La propia universidad condenó los hechos e inició una investigación.

Y aquí está lo más duro: una universidad no puede llamarse universidad si ha perdido la universalidad. Universidad significa apertura, altura, contraste de ideas, disciplina intelectual, formación de criterio, respeto por la verdad y por la dignidad humana. 

No significa patota ni superioridad moral de grupo. No significa convertir el campus en un territorio tomado por quienes creen que gritar más fuerte los vuelve dueños del bien, de la razón y del futuro. 

Cuando una casa de estudios permite que una autoridad invitada termine agredida, no solo fracasa la seguridad. Fracasa el sentido mismo de la institución. Fracasa el espíritu universitario.

Lo más inquietante no es solo la violencia puntual. Lo más inquietante es el clima que la hace posible. Porque una agresión así no nace en un segundo. 

Antes de la mano, del escupitajo o del empujón, viene una larga preparación cultural. Viene el lenguaje que divide a las personas entre puros e impuros. Viene la idea de que algunos tienen derecho a cancelar y suprimir a otros. Viene la creencia de que quien representa al adversario deja de ser persona y pasa a ser símbolo vituperable e olpeable. 

Viene el hábito de justificarlo todo si la causa parece noble. Y cuando eso se instala, la universidad deja de producir líderes y empieza a producir fanatizados con credenciales. Ese es el verdadero peligro. También hay que decir algo que muchos prefieren callar: una universidad en crisis de gestión, enredada en déficits enormes, planes de recuperación y pérdida de autoridad interna, es mucho más vulnerable a las minorías intensas que capturan el clima. La UACh arrastró una crisis financiera severa en los últimos años, con reestructuraciones exigidas por la Superintendencia de Educación Superior y un fuerte deterioro de gobernanza. Cuando el centro se debilita, los bordes avanzan. Cuando falta dirección, sobran facciones. Cuando se pierde autoridad moral y administrativa, los grupos más ruidosos llenan ese vacío.

Por eso el problema no es solo “unos estudiantes exaltados”. El problema es más profundo. Es una hegemonía que ha ido naturalizando la idea de que la presión vale más que la razón, de que la emoción grupal vale más que la verdad, y de que la agresión puede ser tolerada si viene envuelta en consignas. Esa es la enfermedad. Y esa enfermedad no solo daña a la ministra agredida. 

Daña a los estudiantes silenciosos que sí quieren estudiar. Daña a los profesores serios que todavía creen en la palabra. Daña a las familias que hacen esfuerzos para enviar a sus hijos a una institución que debería formar carácter, inteligencia y responsabilidad. Daña incluso a quienes protestan de buena fe, porque los encierra en una cultura donde el grito termina reemplazando al argumento.

Aquí conviene hablar con crudeza. Si una universidad se transforma en un lugar donde la vulgaridad reemplaza a la educación, donde la intimidación reemplaza al debate, y donde la masa circunstancial se siente con derecho a cercar y humillar a una autoridad, entonces esa universidad se está degradando por dentro. No se la destruye desde afuera. Se la pudre desde adentro. Y cuando eso ocurre, lo que sale de ahí no son futuros líderes, sino futuros operadores del resentimiento. 

No son constructores de país, sino reproductores de conflicto. No son personas preparadas para gobernar una realidad compleja, sino activistas entrenados para incendiarla simbólicamente cada vez que no consiguen lo que quieren.

La pregunta que la Universidad Austral debe hacerse no es solo quién lanzó el agua, quién insultó o quién golpeó. La pregunta de fondo es mucho más seria: qué ambiente han permitido construir para que eso aparezca como posible, legítimo o siquiera pensable. 

Porque el hecho del 8 de abril no humilló solamente a una ministra. Humilló a la universidad misma. La dejó mal parada frente a Chile. La mostró como una institución donde el discurso del diálogo convive con prácticas de patota. La mostró como un lugar donde algunos creen que pensar distinto equivale a merecer agresión. Y eso, para cualquier casa de estudios, es una vergüenza.

Todavía están a tiempo de corregir. Pero corregir no significa emitir un comunicado tibio, abrir un sumario y esperar que pase el escándalo. 

Corregir significa hacer algo mucho más incómodo: recuperar el sentido profundo de la universidad. eso exige restablecer autoridad para proteger de verdad la pluralidad. 

Exige sacar a la universidad del secuestro emocional de los grupos que viven de la agitación. Exige dejar en claro que una causa, por sentida que sea, nunca otorga patente para humillar a nadie. Exige decirles a los estudiantes que la rebeldía sin altura es solo infantilismo con megáfono. Exige recordarles que estudiar no es recibir un título para repetir consignas, sino aprender a sostener la verdad incluso cuando molesta al propio grupo.

Una universidad de verdad no le enseña a odiar al adversario. Le enseña a comprenderlo, refutarlo y superarlo sin perder humanidad. No le enseña a cercar. Le enseña a persuadir. No le enseña a escupir. Le enseña a pensar. No le enseña a convertir la sala, el patio o el aula magna en un escenario de hostigamiento, sino en un lugar donde incluso el conflicto más duro puede atravesarse sin caer en la barbarie. La hegemonía que hoy está disparando dentro de la Universidad Austral debe entender algo elemental: cuando destruye el respeto, destruye también su propia causa. 

Cuando convierte el campus en un teatro de agresión, le dice al país que no tiene confianza en sus ideas. Porque quien confía en sus ideas no necesita acorralar; argumenta. Quien cree de verdad en la justicia no necesita humillar; convence. Quien tiene altura no actúa como turba. Actúa como persona formada.

Chile no necesita universidades domesticadas por facciones. Necesita universidades vivas, firmes, libres, exigentes y decentes. Necesita centros de estudio que formen cabezas frías y espíritus altos, no tribus ideológicas que respondan con violencia cuando el mundo no se acomoda a su relato. 

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