Luis Mancilla Perez

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Si no fuera por este espacio, que desinteresadamente me otorga El Insular, en Chiloé nada ni nadie conmemoraría los cien años de la matanza de obreros chilotes en la Patagonia argentina. En la Patria de los fusilados no hay actos de conmemoración ni discursos de recordar a aquellas víctimas.

En la noche del 6 al 7 de diciembre del año 1921 en la estancia La Anita, propiedad de los Braun Menéndez ubicada a pocos kilómetros de El Calafate y del Lago Argentino, se vivió la que tal vez fue la más dramática asamblea de los obreros huelguistas que debían decidir entre rendirse o enfrentar al ejército argentino.

 Obreros prisioneros en la estancia La Anita esperando ser elegidos por los administradores y capataces de estancias. Fotografía tomada por Karl Kirchner, en el extremo derecho se ve al capitán Pedro Campos y al teniente coronel Héctor Varela. Foto gentileza Archivo Nacional de la Memoria. Argentina.

Antes, mucho antes que aquella historia la contara Osvaldo Bayer, Francisco Coloane la había relatado en su cuento “De cómo murió el chilote Otey”. Reconociendo las distancias de los discursos narrativos, los relatos de Bayer y Coloane contienen verdades y ficciones, con las diferencias que uno racializa y menoscaba la participación de los obreros chilotes en aquellas huelgas, y el otro, Coloane, relata la dificultad de reconocerse chilote sacudiendo la discriminación de raza y origen, y la carga peyorativa que nuestro gentilicio adquirió en la Patagonia.

En aquella dramática asamblea se impuso el acuerdo de parlamentar con los militares, Bayer otorga a Juan Fariña, un chileno que no sabemos dónde nació ni como murió, la decisión de los chilotes de no continuar la huelga, dice Bayer que Fariña dijo: “la cosa no da para más, y que ellos no han hecho la huelga para enfrentar al ejercito ni para apoderarse de la tierra, lo único que quieren es que se les trate bien y que les paguen lo que les corresponde”. Esto al historiador argentino le parece una traición a la movilización porque desconoce que en la Patagonia chilena, esas peticiones se han incluido en los convenios de Capital y Trabajo que desde 1917 al inicio de las temporadas de esquilas firman los dirigentes de la FOM y los estancieros; y nada más querían los chilotes en aquella huelga: salarios justos, jornadas de diez horas diarias, días de descanso, mejorar las condiciones de vida en las estancias y que el ejército como en el año anterior fuera garante de ese convenio.          

La asamblea obrera envía a dos chilotes a parlamentar con los militares, nadie recordó sus nombres, como si no fuera cosa de valientes ir a pedir condiciones a un grupo de oficiales desquiciados que desde mediados de noviembre andaban asesinado obreros en el territorio de Santa Cruz, Argentina. A los parlamentarios que fueron a “conversar las condiciones de un arreglo”, el capitán Viñas Ibarra les ata los brazos a la espalda, y los hace fusilar, esto se cuenta como si fuera un hecho poco relevante. Pero si era importante singularizar la traición en el chilote Amador Álvarez, el “Mata negra”, que sonsacaba información a los huelguistas para entregársela a los militares, y con eso basta, no se atreva Usted a cuestionar a los argentinos, españoles, alemanes, croatas, ingleses que formaban la Guardia Blanca de la Liga Patriótica argentina y “combatieron” junto a los militares. No eran traidores de nada, eran héroes al servicio de la Patria “limpiaban el suelo argentino de la morralla que la ensuciaba”. Ese patriótico trabajo realizó el tío abuelo del fallecido presidente Kirchner, dejó la cámara fotográfica por un fusil máuser para defender los intereses de los estancieros. Ese patriotismo de extranjeros fue reconocido en las páginas del “The Magellan Times”.

Al atardecer del día siete Antonio Soto deja la estancia La Anita, le siguen un grupo de más de cincuenta obreros chilotes. El resto se queda a esperar la llegada del ejército, poco más de 20 soldados, liderados por el capitán Pedro Viñas Ibarra. Más de 500 obreros se han rendido sin condiciones, y esperan formados en filas de a dos. Como se ve en aquellas fotografías que Kirchner tomó de aquel momento trágico; donde el capitán Pedro Viñas Ibarra recorre las filas de prisioneros preguntando a gritos; ¡Donde está Antonio Soto!, silencio, y de pronto alguien responde, ¡Yo soy Antonio Soto! Y un balazo retumba en la soledad arisca de aquellas planicies sin arboles; ¡Donde está Antonio Soto! pregunta a gritos; ¡Yo soy Antonio Soto! Repitieron varios chilotes sabiendo que esa respuesta los condena muerte; después de esa inútil búsqueda Viñas Ibarra mandó fusilar a los dirigentes.

Antes de ser encerrados en el galpón de esquila a los obreros se les requisó revólveres, cuchillos, relojes, anillos, capas de guanaco, cheques, dinero en efectivo, los certificados de propiedad de sus caballos y cuanto objeto de valor tuvieran esos “bandoleros”, después a cada huelguista se le dio una vela que debía mantener encendida durante la noche si no quería ser fusilado.

El día ocho, otra vez formados, en línea de a dos, esperando que los estancieros, señores de la vida y de la muerte, los eligieran para iniciar los trabajos. Los militares recorrían las filas eligiendo a quienes aparecían en la lista que les entregaron los administradores y capataces que habían sido rehenes de los huelguistas; fusilaron a 97 obreros señalados en aquella lista. “Los iban sacando de a uno y se los llevaban a dar un paseo”. El estanciero Mister Bond hizo fusilar a 37 peones porque le habían robado 37 caballos. “A los obreros después que cavaban las fosas los colocaban codo a codo de espaldas a una zanja, algunos caían dentro, otros quedaban arriba en el borde o colgaban mitad dentro y mitad fuera”.

Los que quedaron al final de aquella selección eran “los chilotes demasiados rotosos, tomados ya como escoria, morralla, – esto lo dice Bayer – Para que podía servir esa gente de mal aspecto, mal entrazados, de mirada torva, evidentemente no era necesario dejarles la vida, era como limpiar de indios la tierra argentina”.

Según los estancieros en La Anita hubo aproximadamente 120 fusilamientos. El jefe de los policías que acompañaban a los militares dice que fueron entre 140 y 150 los obreros fusilados. Viñas Ibarra en su informe reconoce que a causa del enfrentamiento, porque para él esto era una guerra, resultaron muertos unos siete. No dice que esos fueron los dirigentes fusilados cuando recién se apareció en La Anita. “Unos siete muertos y muchos heridos que consiguieron perderse entre la oscuridad”, mala la aritmética del capitán o son siete los muertos o no son siete pero no me venga a escribir que fueron unos siete. Nunca se conocerá la cantidad exacta de obreros fusilados en la estancia La Anita por el mal intencionado modo de contar de los militares argentinos. Pero con certeza se sabe que “casi todos los muertos eran chilenos, – lo dice Bayer -, dos o tres argentinos, dos alemanes y un puñado de españoles”. Hoy sabemos que la mayoría de los huelguistas eran obreros emigrantes de Chiloé quienes a los dueños de la Patagonia le reclamaban una vida digna pero los dueños de la Patagonia movieron sus influencias y el poder político envió al ejército para responder con balas las peticiones obreras.      

Hoy en el sur de nuestro país, al igual que hace cien años en la Patagonia argentina, se agitan fantasmas parecidos; ya no son huelguistas anarquistas ni se persigue la amenaza de un soviet patagónico, hoy se inventa un narcoterrorismo mapuche para fundamentar la represión que protege los latifundios y la depredación de la industria maderera.

Nota: Ésto no fue una matanza con fuego a discresión como en tantas otras ocasiones tanto en Chile como en Argentina sino que una serie de fusilamientos llevados a cabo en el curso de unas horas de manera fria, calculada y sistemática. Sobrecogedor / Quintín Gumucio

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