Historia de Candela Ibáñez
Funeral por el ex teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero en Madrid.© Á. NAVARRETE
Durante la consagración comenzó a sonar el himno de España. No como un murmullo tímido, sino como una irrupción. Y, por encima de la música, un grito: «¡Viva España!».
En la Iglesia de Santa Bárbara no cabía un alfiler ni, quizá, demasiadas dudas. A última hora de la tarde, el templo se convirtió en un escenario donde más de 250 personas y 21 sacerdotes acudieron a despedir —no tanto un cuerpo, ya enterrado en Alzira— como una idea persistente de sí mismos encarnada en el ‘golpista’ y teniente coronel Antonio Tejero. Entre los bancos, la estirpe era reconocible y, al mismo tiempo, cuidadosamente exhibida como el presidente de la Fundación Francisco Franco, Juan Chicarro, el nieto de Francisco Franco Jaime Martínez–Bordiu o el líder de Falange, Manuel Andrino. También el secretario general de Revuelta, Pablo González Gasca. También se pudo ver al abogado de Hazter Oir, Javier María Pérez Roldan, o al periodista y falangista Eduardo García Serrano. «¡Hola, carlista! ¿Como no iba a venir por un hombre de la patria?», dice un hombre con pantalón de camuflaje, chanclas con calcetines y gorra con la cruz de borgoña.
Estaba la España de los domingos planchados: trajes ceñidos, corbatas con la rojigualda multiplicada hasta el mareo, cardados que desafiaban la gravedad, y para algunos el buen gusto… Y en todos, una inflamable seguridad, con su reflejo invertido: cabezas rapadas en ellos y peinado Chelsea en ellas, botas contundentes y polos de Fred Perry. «Nos demostró con su saber estar lo que significa ser español, cristiano y hombre de honor», afirmaba su hijo y sacerdote, Ramón Tejero, durante la homilía.
Alrededor de la eucaristía oficiada por su hijo, los nostálgicos y devotos escuchaban una misa donde la liturgia en casi todo momento parecía un relato familiar con convicción de dogma. La ceremonia orbitó con disciplina en torno a una figura y a una reinterpretación de lo sagrado. Cristo, en esta versión, quedaba desplazado por una tríada más doméstica. «Dios, Patria y familia, esa era la Santísima Trinidad de mi padre», dijo Ramón, «la patria no es solo una realidad tangible e histórica, sino una realidad trascendente que nos hace descubrir el mandato divino de ‘amarás a tu Padre y a tu Madre’».
Ya la fe dejó de ser argumento y dio paso a la herramienta. En ese reparto selectivo de lo sagrado, algo no terminaba de encajar. Porque el mismo Cristo al que se invoca -el que estuvo con leprosos, huérfanos, marginados, el que no preguntó antes de amar ni exigió credenciales para perdonar- parecía no tener cabida en todas las Iglesias que allí se defendían. «En Valencia íbamos a misa con mis padres y el párroco insultaba a España, a las Fuerzas Armadas, a la Guardia Civil y a mi padre: esa es la Iglesia meretriz, la Iglesia prostituta», dijo.
Esta tarde en el templo, el evangelio parecía tener matices. Y entonces llegó el instante en el que, en cualquier misa, fija la frontera entre lo humano y lo divino: la consagración. Cuando el pan y el vino se convierten —según el dogma— en el cuerpo y la sangre de Cristo, cuando todo debería recogerse en un silencio casi mineral, sucedió otra cosa: comenzó a sonar el himno de España. No como un murmullo tímido, sino como una irrupción. Y, por encima de la música, un grito: «¡Viva España!». Así, la liturgia, desplazada una vez más, quedó subordinada a otra devoción más urgente, más terrenal.
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Antes de terminar, Cristo reducido otra vez a un trámite a una excusa. Porque antes de ir en paz, había que desearle más de un «¡Viva¡» a la Guardia Civil, que si allí se estaba reuniendo a tanta gente era por ese hombre de «honor», Antonio Tejero, y lo demás no importa.
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Después, cada país tiene sus propias costumbres y su propia cocina. Si en España hay paella y tortilla de patatas —por ejemplo, hay otras muchas más—, en Italia tienen la pizza y la pasta como dos de sus buques insignia.
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