Lutin Mombasa
En los momentos de gran debate sociopolítico, cuando se ponen en cuestión concepciones aceptadas desde largo tiempo resulta recomendable y oportuno acudir a las ideas, a las bases
mismas culturales de fondo *.
¿Cuándo nació lo que entendemos hoy por Europa? ¿Se trata simplemente de una definición geográfica o resulta imprescindible atender a su base civilizatoria? El profesor Franco Cardini, uno de los medievalistas más prestigiosos del mundo, lo tiene muy claro:
La civilización entendida como “la propiamente europea, con su unidad de fondo y su irrenunciable diversidad”, nace con el reinado de Carlomagno.
Así lo estipula en su reciente y oportuno libro Las rutas del conocimiento. Un recorrido intelectual por la Europa medieval (Alianza). Claro que hay unas cuantas teorías en pugna, sobre aquello que constituye la esencia de Europa. Aunque la discusión es antigua y admite muchos matices, el libro de Franco Cardini marca este momento crucial de ol que llamaremos el resurgimiento carolingio.
Aunque más atento a las ideas que a las creaciones culturales, tiene la virtud de llevarnos en un sintético recorrido europeo desde la hegemonía eclesiástica del siglo V al esplendor del arte gótico, la consolidación de las universidades, la España de las tres culturas y el definitivo Renacimiento humanista, mil años después.
Carlomagno apenas sabía leer, pero hacía que sus ayudantes le leyeran textos como ‘La ciudad de Dios’ de san Agustín. Este soberano de los francos, coronado emperador del christianum imperium el día de Navidad del año 800 en Roma, consiguió enlazar las estructuras políticas del antiguo imperio romano de Occidente con el simbolismo encarnado por el papa León III, quien le invistió como intercambio de favores por haberle protegido. Y al crear su nueva capital en Aquisgrán, Carlomagno estableció su centro político en el mundo germánico.
Sumado todo ello a un gran impulso a la arquitectura y las artes, así como al estudio de los antiguos textos latinos, tenemos el núcleo de un renacimiento cultural que se extendió por un vasto territorio y se dio la mano con la multiplicación de bibliotecas monásticas y escuelas para funcionarios y jóvenes nobles.
Carlomagno, nos recuerda Cardini, apenas sabía leer, pero hacía que sus ayudantes le leyeran textos como La ciudad de Dios de san Agustín, sobre el que gustaba mantener largas conversaciones. Decidió destinar a la cultura unos recursos que en buena medida provenían de las riquezas obtenidas en sus incursiones bélicas. Dictó instrucciones a obispos y abades para que perfeccionaran su latín y fueran capaces de proporcionar instrucción en letras a los interesados, y reunió a su alrededor en Aquisgrán una schola palatina de hombres sabios dirigida por el benedictino Alcuino de York, donde el propio Carlomagno participaba en debates y coloquios, siguiendo las siete artes liberales del trivium (gramática, dialéctica y retórica) y el cuadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía.
Entre las grandes figura de la schola, Cardini cita a Pablo Diácono, autor de una Gesta episcoporum Mettensium, que inaugura “el género historiográfico de la historia diocesana”, y a Teodulfo de Orleans, teólogo y poeta satírico, valga el oxímoron. Estos asesores, de muy distintos orígenes, convirtieron la corte “en un formidable núcleo irradiador de la cultura latina”.
Este renacer civilizatorio, combinando la citada herencia clásica, el impulso cristiano y el auge franco-germánico, marcó, según concluye Cardini , “el inicio de un proceso que desde entonces, a pesar de mil dificultades, ya no se detendría”.

- Adaptado del texto de Sergio Vila-San Juán Robert. Redactor Jefe del suplemento Cultura/s. Premio Nadal de Novela 2013. Premio Nacional de Periodismo Cultural 2020.
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